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Juguemos a las casitas. Let’s play

Construir una cabaña en la que esconderse solo o con sus amigos es una actividad divertidísima y beneficiosa para el desarrollo de los peques. ¡No prohíbas al tuyo montar su refugio privado! Se lo pasará genial y aprenderá mucho.

Uno de los entretenimientos preferidos de los niños de entre tres y cinco años es jugar a las casitas y tantas ganas tienen de construirse ese refugio particular en el que esconderse que casi cualquier cosa les vale para ello: una sábana vieja y unas sillas, una caja enorme de cartón con una “puertecita” por la que entrar y salir, una manta grande con la que cubrir la mesa del salón para meterse debajo…

Este juego es fruto de la capacidad de imaginar que tienen los niños y mediante él representan muchas de las acciones que realizamos los adultos en la vida cotidiana: preparan comidas, hablan por teléfono, trabajan con el ordenador, invitan a sus amigos a tomar café…Generalmente interpretan los roles de papá y mamá, pero en su casita también recrean escenas de películas infantiles, ilustraciones de sus cuentos y situaciones nuevas que viven con su familia y otros niños. Es el llamado juego simbólico.

Lo mejor de este juego no es solo que divierte a los niños, sino que además resulta muy positivo para su desarrollo por muchos motivos:

Potencia su fantasía y su creatividad, ya que les incita a imaginar objetos que no tienen delante y a recrear situaciones que no están ocurriendo en ese momento. Refuerza su “yo”. En la vida real los niños siempre tienen que obedecer, mientras que en su casita son ellos los que mandan, los que deciden las personas que pueden entrar y las que se quedan fuera y esto hace que se sientan fuertes e importantes.

Les muestra lo que es la privacidad. Al dar permiso a sus amigos para entrar en su refugio y negárselo a los padres (puede haber variaciones, pero esta es la modalidad más habitual), los peques descubren la privacidad, un hallazgo que les lleva a ser más respetuosos con las pertenecías ajenas y las puertas cerradas.

Les adentra en el mundo de las relaciones con sus iguales. Tienen que cooperar entre ellos, considerar la opinión de sus amiguitos, asumir diferentes roles, esperar su turno…No pasa nada si alguna vez se enfadan y uno de los niños acaba siendo expulsado de la casa: así aprenden a solucionar sus primeros conflictos.

Les enseña a entretenerse a solas, sin los adultos, algo que a su vez favorece su capacidad de concentración y el conocimiento de sí mismos.

Les prepara para la vida adulta. Sin duda, pues no hay mejor entrenamiento para ello que imitar lo que ven hacer a sus mayores.

 

 

 

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