psicología infantil

Mamá, papá: ¿qué esperáis de mí?

Las expectativas que los padres y madres tienen sobre sus hijos pueden actuar cómo un motor que motiva y fomenta su desarrollo o como un ancla que lastra su avance. Veamos de qué depende que nuestras expectativas ejerzan una influencia positiva o negativa en su vida.

Efecto Pigmalión: <<ser>> lo que se espera de nosotros

Todos los hijos quieren encajar en las expectativas que tienen sus padres sobre de ellos. Los adultos actúan como una guía sobre la que el niño o niña se basa en su desarrollo. Ellos no saben de qué son capaces o qué cosas se les dan bien o mal. Se rigen por los mensajes que recibe en su entorno.

En el año 1966, la educadora Leonore Jacobson junto al psicólogo Robert Rosenthal hicieron un experimento en varios colegios de California. Tras la realización de una prueba, indicaron a los profesores que algunos alumnos parecían tener un crecimiento intelectual mayor al resto. En realidad, los niños habían sido seleccionados al azar y no en función de su rendimiento. Unos meses después volvieron a realizar la prueba. La sorpresa fue que aquellos alumnos que los docentes creyeron que iban a tener mejor crecimiento intelectual obtuvieron mejores resultados que el resto de alumnos. Los autores denominaron a esta situación Efecto Pigmalión y comprobaron que la implicación de los profesores con estos alumnos también había sido mayor.

Expectativas inalcanzables

psicología infantilNadie espera que un niño hable un nuevo idioma sin que se le haya enseñado. Pero si desde pequeño le apuntamos a clases de alemán, confiamos en él y les animamos continuamente, la expectativa es que de mayor lo hable bien.

Siguiendo esta línea, muchos padres creen que la clave para que su hijo desarrolle habilidades es que disponga de suficiente tiempo. Esto está llevando a muchas familias a preparar a sus hijos <<cuanto antes>> en diferentes áreas (música, deporte, idiomas, emociones, etc.). Esperan que así sean más competitivos ante el difícil futuro que se les presenta. ¿Les estamos pidiendo demasiado o conseguiremos generar el Efecto Pigmalión?

El efecto Pigmalión tiene un límite: la capacidad real del niño o niña en cuestión. Así, las expectativas de los padres y madres tendrán un efecto positivo cuando sean coherentes con las capacidades reales del niño o niña. Se irán alcanzando los objetivos poco a poco, por lo que habrá una alta motivación, satisfacción y autoestima. En cambio, si las expectativas son superiores a las capacidades reales, los resultados nunca llegarán. El niño sentirá que no <<es>> lo que <<debería ser>>.

Expectativas imposibles

A veces las expectativas no solo son inalcanzables sino que además son imposibles. Veamos algunas de ellas:

Esperar que los hijos sean agradecidos por lo que tienen. Ésta es una expectativa frecuente que genera, esta vez en los padres, una enorme frustración. Se suele perder de vista a qué han estado acostumbrados los niños previamente. Si desde bebés lo han tenido todo, eso es lo que esperarán siempre, para ello eso es lo normal. Tendremos que relacionar las cosas que tienen con sus esfuerzos para que adquieran valor para ellos.

Esperar que los niños hagan lo que les decimos, no lo que hacemos. Es frecuente que los padres y madres esperen que sus hijos tengan un buen comportamiento, que no discutan o que no digan palabrotas. En cambio pasan por alto que ellos pueden manifestar estos comportamientos, por lo que sus hijos los repetirán a pesar de que se les indique que no lo hagan.

Esperamos que entiendan cómo nos sentimos los adultos. A veces, los adultos se frustran cuando los niños no muestran interés por sus sentimientos. Esperan que entiendan que todos nos cansamos o que no siempre tenemos tiempo para jugar. No obstante, los niños no disponen de la misma experiencia, madurez o responsabilidades que sus padres por lo que este concepto puede ser muy abstracto para ellos. Además, las prioridades de los niños son distintas a las de los adultos. La cena, la compra o las tareas de casa pueden ser irrelevantes cuando se trata de pasar tiempo jugando con sus padres.

Esperar que cumplan con lo que se les pide. No siempre los hijos pueden alcanzar las metas propuestas por sus padres, en ocasiones pueden ser incapaces de conseguirlo. Otras veces puede que no sepan cómo hacerlo. Los padres tienden a interpretar que los hijos no quieren, sin valorar si realmente pueden.

Indicadores de expectativas excesivas hacia los niños

Si está leyendo esto puede que se pregunte cómo puede saber si sus expectativas son excesivas. De la misma forma que los niñas y niñas no saben de qué serán capaces, sus allegados tampoco. No hay una forma única de saber si las expectativas son realistas o no. Pero sí hay indicadores que permiten intuir cuándo una expectativa se vuelve excesiva:

• Muestras derechazo a la realización de la actividad o a los temas relacionados con ella. Por ejemplo, cuando los niños llegan a niveles elevados de competición en el deporte pueden mostrar rechazo a continuar si están sometidos a una presión que no pueden manejar.

• Irritabilidad o falta de interés por la actividad. Otro indicador de que la actividad en cuestión no está siendo positiva es que notemos que la realización de la misma genera en el niño o niña irritabilidad o falta de interés. Puede que dejen de prestar atención y se le olvide realizar las tareas, que pierdan cosas a propósito o que se muestren más susceptibles antes los comentarios relacionados con la actividad.

• Agotamiento o estado emocional negativo. En ocasiones, los niños se esfuerzan por continuar a pesar de que no estén obteniendo los resultados esperados. Esto puede llevarlos a estás más cansados de los habitual, a mostrarse más tristes o a estar más aislados.

Estrategias para ajustar las expectativas hacia los niños

psicología infantilCuando los niños son pequeños es normal esperar de ellos una gran cantidad de cosas. Esto inicialmente es positivo, ya que hará que los animemos a experimentar y probar diferentes cosas. Fomentando así el descubrimiento, la exploración y el desarrollo de nuevas habilidades.

Con el paso del tiempo, cualquier actividad en la que se hayan iniciado irá ganando complejidad o irán sumándose nuevas actividades. Este es el punto en el que expectativas iniciales tiene que ajustarse a las capacidades reales. Para ello podemos seguir varias estrategias:

Establecer pequeños objetivos. Tenemos que imaginar que aquello que esperamos de nuestros hijos e hijas se encuentra al final de una escalera. Les tenemos que guiar para que la vayan subiendo escalón por escalón. Quizás la expectativa de que en el siguiente examen saque un 10 es excesiva pero sí podemos pedir un punto más que en el examen anterior.

Tiempo o intentos límites. Podemos establecer un máximo de tiempo o de intentos antes de cambiar de objetivo o de actividad. Por ejemplo, si nuestro hijo ha perdido sus tres últimas competiciones de tenis podemos animarle a que lo vuelva a intentar una vez más. Si vuelve a fallar puede que haya llegado el momento de flexibilizar la expectativa. Podemos dejar la competición por un tiempo, para siempre o cambiar de deporte.

• Como última opción, podemos liberar al niño o niña de toda expectativa. Hacerle saber que puede hacer lo que más le apetezca y que lo único que nosotros queremos es que disfrute. Si emitimos ese mensaje, debemos acompañarlo de señales coherentes. Por ejemplo, no podemos añadir <<a mí me gusta pero tú verás>> o <<después de todo el tiempo/esfuerzo que has hecho…>> o <<se te da tan bien…>>. En definitiva, liberar al niño implica dejarles decidir sin intentar influir en su decisión.

Esperamos que estos consejos os ayuden a ajustar las expectativas y a disfrutar en familia de los logros y habilidades reales de cada uno de sus miembros.

Mónica Valverde Salgado
Psicóloga Sanitaria. Codirectora de Gabinete de Psicología Málaga-Centro 

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