recuerdos

Siempre amigos

Post de amiga

En este post repetimos temática, de nuevo va de amigos, pero no de los amigos pesados con los que te ves casi a diario, sino de los otros. Aquellos amigos que ves muy de cuando en cuando, que casi tienes que actualizar sus estados vitales porque te has perdido cosas de su vida, pero que cuando te sientas con ellos, desde el primer momento parece que fue ayer la última vez que estuvisteis juntos. Te sientes tan cómodo, como en casa, con el confort que da sentirse en entorno familiar, conocido, querido. Y cuando sale la conversación de cuándo fue la última vez que nos vimos en algunos casos es sorprendente la cantidad de meses, o incluso años, que hace desde esa última vez.

Es curioso, pero eso creo que le pasa a todo el mundo, ¿quién no tiene algún amigo a amigos así? Además los que somos de esta mediana generación, que la mayoría no usan las redes sociales a diario, o ni siquiera le interesan, o que tampoco pretenden que esa sea su conexión con su amigo de juventud, su compañero de piso de la universidad, sus amigos del instituto o los vecinos con los que pasamos muchos momentos de nuestra vida, pues hay veces que no tenemos comunicación en largos períodos de tiempo. Pero, sin embargo, siento que eso es lo bonito, eso es lo que mantiene y hace únicos esos momentos de reencuentro, que creo perderían y serían mucho más ‘light’ en intensidad de sentimientos si estuviésemos permanentemente compartiendo cotidianidad a través de nuestro móvil. Para eso es más romántico seguir teniendo alguna conversación telefónica esporádica y la promesa de vernos en muy poco tiempo. Esto es otra característica típica de los reencuentros, estamos tan a gusto que no queremos que se acabe el tiempo y que la última conversación antes de la despedida sea para planificar otra “quedada”, pero ésta que sea inminente, que no pase tanto tiempo. Pero luego llega la cotidianidad con esa vorágine que nos come los días y nos los llena de obligaciones y de trabajo y de otras reuniones y, al final, vuelven a pasar muchos meses o años y no hay forma de que se repita.

En esto de nuevo están presentes los grupos de WhatsApp, pero en este caso usados de forma distinta. Alguien los crea para esa primera cita inminente, para que sirva de “cuadren agendas”. Luego, es típico compartir impresiones bastante inmediatas después de la reunión y no volver a usarlo en bastante tiempo, salvo para compartir alguna información muy concreta o porque algún día alguien encuentra una foto u objeto de aquella época, de esa época pasada que nos unió para siempre. Por lo demás, el grupo “dormita” igual que nuestra relación, pero está ahí latente, esperando que algún valiente vuelva a sugerir un ¿os hace…? ¿podríamos…? Y, a veces, se consigue y a veces cuesta poner una fecha, arrancarle un día a ese calendario lleno de cosas.

La inspiración para este post me la dio ayer una reunión de este tipo, fue genial y las cinco horas que pasamos juntos fueron como un suspiro. Son esas salidas en las que el cansancio de la semana se olvida al fragor de la conversación y las risas. Las horas están llenas de contar cosas, de no parar de hablar, de abrazos repetidos, de muchos besos, de mucho contacto físico, donde todo es muy intenso, como si quisieras recuperar el tiempo perdido, ese tiempo no compartido. Son esas reuniones donde se cuentan las batallitas de siempre, donde tus hijos corroboran que esas historias que su padre le ha contado son ciertas, pues allí están los otros protagonistas, regodeándose en las mismas, recordando de nuevo todas las vivencias. Por supuesto, con el romanticismo o la comicidad que les confiere el tiempo pasado, ese tiempo que es necesario para convertir cualquier pequeña gamberrada en una hazaña épica.

En este caso, se trataba de compañeros de internado y de piso de estudiante de mi Manolo, pero como la nuestra ha sido una relación “eterna” yo también me siento protagonista de esas historias. Yo ya existía en su vida cuando aún estaba en el instituto. Y las siento mías porque las he oído tantas veces que es como si las hubiera vivido yo en primera persona, casi que creo que fue así. Entre los consortes también hay alguna con solera, con antigüedad, y otros que aunque son más nuevos disfrutan igualmente de estas reuniones, porque los acogemos con todo el cariño y porque el hecho de ver a sus parejas con esa cara de felicidad, como de haber vuelto a la adolescencia, estoy convencida que para ellos también se convierten en momentos inolvidables.

Y después de esto se me viene una reflexión, al hilo de lo que comentaba sobre el uso de las redes sociales en nuestra generación, ¿será igual de romántico esto mismo dentro de 30 años cuando nuestros hijos se vuelvan a reunir con sus amigos de la adolescencia? ¿Con esos amigos con los que mantienen conexión “virtual” diaria y saben dónde están, qué están comiendo, con quién están y qué han hecho cada segundo de su vida posterior? No sé, pero no me gusta cómo suena, no me gusta imaginarlo así. Creo que ha sido una suerte para nosotros haber crecido al margen de las redes sociales, de la hipercomunicación, del “compartir” todo, del estar continuamente conectados. Creo que eso no los está haciendo mejores y que no va a contribuir a que disfruten de estos pequeños momentos que te ofrece la vida. Espero, seguro que sí, que ellos también encuentren sus “amigos para siempre”.

Ana Sancho
blog.mujerjoven@gmail.com
Twitter: @4n4s4n

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