Tira de Mafalda

Sobre mentiras y verdades…

Alguien le preguntó una vez a Aristóteles:
– “¿Qué se gana con la mentira?”
– “Que no te crean cuando dices la verdad”-, respondió el filósofo.

Esta semana he estado de vacaciones con mi familia. Hacía mucho tiempo que no salíamos fuera todos juntos.

La verdad, ni Twitter, ni radio, ni noticias… Casi una desconexión total; pero uno de aquellos días recibí un mensaje a mi correo, @jiribas había vuelto a realizar una entrada: ‘Llueve sangre‘.

Cuando la leí no lo podía creer, pero ¿qué había pasado?

Busqué la noticia de Japón y posteriormente, la del sacerdote francés y no pude remediarlo, me puse a llorar. Sí, yo soy así de llorona: lloro por felicidad y por tristeza, mira que mi madre me lo dijo, “con los años te volverás más dura”, pero todavía no lo he conseguido.

A lo que iba, mis hijos me vieron y me preguntaron qué me sucedía y se lo expliqué: fue duro, muy complicado explicarles a tres niños qué es lo que pasa en “este mundo”. Intenté hacerlo sin añadir matiz alguno, pero yo misma me daba cuenta que era imposible. Estaba demasiado afectada. Se quedaron atónitos. Mi hijo pequeño me preguntó: “mamá, ¿por qué hacen esas cosas?, ¿ por qué son malos?”. Les dije la verdad: “No lo sé. No lo entiendo”.

Habrá muchos que penséis e incluso evitéis contarle a vuestros hijos o alumnos algunas de las crueles realidades que pasan a diario porque sufren, se preocupan, son pequeños… Me lo he planteado muchas veces, pero al final he decidido que no quiero engañarlos. No puedo aislarlos en una burbuja: quiero que vivan y que sean felices, pero si de algo deben enterarse prefiero que lo hagan por mí a que lo hagan por fuera. Ya sé que habrá momentos en que no quieran saber nada de sus padres, pero es necesario que aprendan y sepan que con sus padres pueden tener confianza. No les estoy dando de forma continua el parte, pero si me preguntan, se lo cuento. Mi abuela veía el informativo a diario, en aquel entonces el Telediario, y se ponía muy triste. Recuerdo que mi madre le decía “¿ para qué lo ves?”. A lo que ella siempre le contestaba: “Y por no enterarme, ¿crees que va a dejar de pasar?” Pues es así. No por evitarlos o negarlos dejan de suceder.

La verdad es uno de los valores más importantes que aprenden los niños: cuando son pequeños mienten y fantasean sin darse cuenta que hay diferencias entre el mundo real y su imaginación, en unos años distinguen a la perfección la verdad de la mentira y a veces mienten por miedo a regañinas, a castigos, al qué dirán… Es importante que aprendamos a discernir lo que tiene importancia de lo que no, intentando no montar un berrinche por un plato roto. Por otra parte, conforme van creciendo es necesario que vayamos dándoles unas pautas y, sobre todo, que lo vean en nosotros: somos su ejemplo. Si uno de sus padres o maestros les mienten, no lo creerán y dejarán de valorar sus enseñanzas y sus acciones y aquí también entran las promesas que les hagamos.

Hace tiempo leí a una psicoanalista francesa, F. Doltó, especialista en niños, que la verdad les ayuda a nuestros hijos a crear su propia identidad. Evidentemente narrando los hechos sin cargarlos de dramatismo, para que ellos saquen sus propias conclusiones y expresen sus sentimientos. Debemos darle naturalidad a los temas, de los contrario pensarán que son temas prohibidos y dejarán de hacer preguntas (hablamos de muerte, de sexualidad, de amigos, de separaciones y rupturas…). Al contarles la verdad ellos asumen que tú conoces esa realidad, las desmitificas y valoran tu capacidad de confianza. A esto debemos añadir que los niños merecen saber la verdad, contestarle a esa curiosidad innata que tienen de descubrir el mundo, pero siempre teniendo en cuenta su edad, adaptando las palabras a su madurez y a su nivel de comprensión.

Ahora diréis que hay diferentes tipos de mentiras: las piadosas, las mentirijillas, las que les ayudan a crecer…

En el 2012 se realizó un estudio en el que participaron más de 2.000 familias y el 90% del ellas en Reino Unido usaban la mentira para conseguir mejoras en los comportamientos. Por otro lado, una universidad de California (¡cómo no!, ¿no os parece que las universidades anglosajonas han hecho investigación ya de TODO?), realizó una investigación con 114 familias estadounidenses y 85 chinas: les dieron 16 mentiras funcionales que se suelen usar para regular los comportamientos de los niños. Las dividieron en cuatro grupos:

– Relacionadas con los hábitos de alimentación: del tipo de…”si no comes zanahorias perderás visión”.

– Para conseguir la relajación y la tranquilidad de los niños: por ejemplo, “¡ si no te quedas tranquilo ya no irás más al parque a jugar!”

– Para evitar malas conductas: como “¡ o te pones el cinturón o se lo digo al policía y te va a regañar!”

– Relacionadas con las compras o el dinero: “¡ Vengaaaaa…. Otro día volvemos y ya lo compramos!”

Los resultados mostraron que el 84% de las familias estadounidenses usaban a menudo algunas de estas mentiras funcionales, mientras que en las familias chinas subía al 98%. A ambos grupos se les interrogó sobre el porqué y en general era por el éxito inmediato que conseguían con dichas afirmaciones y por la creencia que a determinada edad es imposible comprender algunos razonamientos.

Hay otro estudio curioso en la Universidad de Cornell con dos comedores infantiles, el título era maravilloso: “¿Quieres que tus hijos coman más verduras? Ponles un nombre chulo”. El estudio realizado entre niños de edades comprendidas entre los ocho y los once demostró que al cambiar la forma de ofrecérselo, aumentaba el consumo: por ejemplo ” Zanahorias con visión de rayos X”. Pasando su consumo de un 35% a un 66%.

Sin embargo, los resultados del segundo estudio fueron aún mejores (con casi 1.200 alumnos) de dos comedores escolares diferentes: en uno de ellos se usaron nombres creativos, mientras que en el segundo se usó el nombre real de la verdura. El consumo aumentó en el primer centro un 99%, mientras que en el segundo se quedó en un 16%. Curioso al menos, ¿no os parece?

Hoy os dejo un doble regalo: un vídeo de Les Luthiers ( “A los chicos hay que decirles siempre la verdad”) y una tarta, para que paséis un buen rato.


¿ No son geniales?

Tarta de galletas tipo Oreo

Ingredientes:

Para la base:
– 200 g de galleta tipo Oreo enteras, con la crema.
– 80 g de mantequilla a temperatura ambiente.

Para el relleno:

– 500 g de nata para montar.
– 100 g de leche condensada.
– 400 de leche entera (la herví previamente con canela y limón). Si no queréis hacerlo siempre tenéis en el mercado batido similar a la leche merengada.
– 2 sobres de cuajada.
– 150 g de chocolate blanco.

Para la decoración:

– 3 galletas (las hice sin la crema) y otras cuantas para decorar.

Elaboración:

Para la base, batir las galletas con la mantequilla y extender la mezcla sobre un recipiente con ayuda de una cuchara, realizando presión para que ocupe toda la superficie y quede de forma igualitaria. El que queda mejor es el desmoldable. Sobre la base pongo un papel de cocina para que después la presentación quede más bonita. Meterlo en el congelador mientras hacemos el relleno.

Tarta de galletas tipo Oreo

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Recordad que si al final decidís hacer la leche con canela y limón debéis sacarlos antes de que hiervan para que no amarguen. Y una vez hecha incorporaremos el resto de los ingredientes: nata, leche condensada, chocolate, cuajada.

Una vez lista la mezcla sacamos el molde del congelador y con cuidado vamos incorporando la mezcla sobre la base de galleta y mantequilla. Al congelador y lo dejáis más de siete horas.

Esta última vez que la hice la dejé de un día para otro y quedó tipo tarta helada. ¡Un exitazo!

Para presentarla, moler las galletas y esparcirlas sobre la superficie y con otras galletas enteras adornar a gusto. Espero que os guste. Por si os resulta más fácil os dejo también la versión thermomix.

El mundo de los niños se divide en buenos y malos y para ellos siempre ganan los primeros. Siempre hay un súper héroe que consigue coger a los malos y llevarlos a la cárcel. Su vida es maravillosa porque no piensan en cosas negativas ni preocupaciones, se dejan llevar y viven… Quizás deberíamos vigilar más sus juguetes, sus juegos, sus expresiones, las películas o dibujos que ven…

Me hace mucha gracia algunos padres que han venido a quejarse al colegio porque su hijo se ha enterado que ha habido determinado suceso y nos solicitan que no volvamos a hablar de ello. Ahora, de los videojuegos de guerra y de las series que ven (‘The Walking dead’, por ejemplo), de eso, ¡mejor no hablamos!

Hasta dentro de quince días y que os vaya bonito.

Maribel B.
@_MaribelBP

Lee aquí otros artículos de Maribel B. en su blog de La Diversiva.

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